Un todoterreno no es solo un coche, sino un artefacto mágico capaz de hipnotizar multitudes y repeler ataques de enemigos invisibles.
Antes todo era sencillo: un tipo cabezón con gorra, mirada como la de un erizo en culturismo. Ahora, en cambio, el todoterreno es un simbiosis de «Chica más Tanque». El secreto de esta elección se oculta en las entrañas del Universo.
En primer lugar, la seguridad.
Una mujer en un todoterreno se siente como un caracol en un reactor nuclear: bordillos, parterres y sedanes se convierten en migas diminutas en una sopa gigante de acero y determinación. ¿La dieta de guisantes no ayudó? No pasa nada: los airbags del Toyota Land Cruiser dispararán con tal fuerza que hasta el cactus del vecino se quedará boquiabierto.
En segundo lugar, aparcar.
Las plazas de aparcamiento aquí son de esas en las que solo cabe el pensamiento de aparcar. Los hombres refunfuñan: «¡Las mujeres no caben ahí!». Pero ahora puedes simplemente aparcar el todoterreno sobre el techo de un utilitario y dejar una nota: «Perdón, el sitio está ocupado por la gravedad».
En tercer lugar, la imagen.
Un todoterreno no es un abrigo de piel, es un transbordador espacial: caro, llamativo, práctico. Una bolsa cara no la ve ni un rayos X, pero un todoterreno se ve desde un satélite.
Los psicólogos susurran: un coche grande es un faro de independencia y una amenaza para los ex, aunque el ex sea un agente de tráfico con silbato y detector de metales.
Por último, la capacidad.
El maletero de un todoterreno es capaz de tragarse un armario, un frigorífico y un par de filósofos aleatorios en cuarentena. Y si te encuentras con tu ex, puedes esconderte tú misma y atrincherarte con provisiones de carne enlatada.
Deseemos a las chicas en todoterrenos carreteras infinitas y una banda sonora del espacio.
Hombres, no os asustéis: si os adelanta una rubia en un mamut todoterreno, sabed que va rumbo a la manicura o a por un nuevo universo. ¡Todo es posible!
